La analogía como principio unificador del simbolismo, el código DaVinci y otras elucubraciones

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Aparición del Santo Grial sobre la Mesa Redonda (detalle de una miniatura gótica)

En estos últimos meses se nos ha inundado de referencias a una novela que explota el rico mundo del simbolismo. El mismo que esta arraigado en nuestra psiquis por el solo hecho de ser humanos. Nuestra vida cotidiana esta hecha, por así decirlo, de actos simbólicos desde que amanece hasta que se pone el Sol.

¿Cómo funciona entonces, la relación entre objeto-significado y el significante? ¿En donde se encuentra la magia que causa tanta atracción en nosotros?

La respuesta puede hallarse en el uso de la analogía entre símbolos.

El simbolismo es una parte esencial del arte antiguo del Oriente y de la tradición medieval de Occidente. El mismo se presenta en el estudio del inconsciente, directamente en el campo del análisis de los sueños, las visiones y el psicoanálisis, e indirectamente en la poesía y el arte. Al mismo tiempo la teoría del Gestalt de Kohler y Koffka, señala la autonomía de hechos y expresión y el paralelo entre lo físico y lo espiritual, revigorizando el principio de Tabula Smaragdina, Como es arriba es abajo.

De acuerdo al mencionado principio, la analogía posee tres facetas: (i) la fuente común a ambos mundos (el material y el espiritual) (ii) la influencia de los psíquico sobre lo físico (iii) la influencia del mundo físico sobre el espiritual. Pero la analogía no se limita solamente a la relación entre el mundo interno y el externo, sino que incluye la relación entre varios fenómenos en el mundo físico. El parecido material o formal es solo una de los innumerables tipos de analogías, pues la analogía puede existir también en lo que respecta a la función. A veces, el acto de escoger revela analogías básicas entre los motivos internos y la meta final. A manera de ejemplo, citemos de la literatura religiosa que la Orden de San Bruno prefería los sitios remotos para la ubicación de sus comunidades. Los Benedictinos por su parte escogerían los altos de las montañas, los Cistercianos los valles placenteros, mientras que los Jesuitas de San Ignacio, las ciudades. Es casi innecesario señalar que la escogencia de localización, implica un simbolismo relacionado con el ambiente, es decir, que la escogencia del lugar es prueba elocuente del espíritu que guiaba a cada una de estas comunidades.

Otro ejemplo de analogía formal, esta en la cuatro formas de referirse al Centro: La Rueda Hindú de la Transformación, en cuyo centro se encuentra un espacio vació, sin adorno o la presencia de la imagen de una deidad; o el Pi chino, un disco de jade con un hoyo en el centro; o la idea (de dudoso origen druida) de que la estrella Polar señala el camino a lo largo del cual el mundo material debe transitar para deshacerse de las restricciones del tiempo y el espacio; o finalmente, en Occidente, la Mesa Redonda con el Santo Grial en el centro de la misma. En todas estas imágenes, una casi obsesiva representación de la dualidad: el centro, contrastado con la circunferencia, como una imagen bidimensional del origen del mundo fenomenal.

Es factible que aquellos que se dieron a la tarea de relatar las experiencias que escucharon de labios de los mas cercanamente relacionados con el Rabí de Galilea, lo hicieran mediante el uso de una simbología que compartía a la vez, la estética y las analogías que vinculasen conceptos, a veces difíciles de explicar por medios puramente racionales. Es de suponer que los escribas poseían una cultura superior a su entorno, a su vez, probablemente adquirida en los contados centros de estudio y conservación del saber. No es de extrañar que la gran mayoría de los manuscritos gnósticos se halle en tierras de Egipto, pues es allí donde se conocen los mayores lugares dedicados a la conservación del conocimiento. No es de extrañar tampoco, que la filosofía del antiguo Egipto, se filtre de alguna manera en los que se convertirían en evangelios mucho mas tarde.

Quizás, el hermoso arte Nazareno de transmitir ideas a través de las parábolas, sobrevive hoy en la cultura occidental, en el simbolismo poderoso de las analogías estéticas del inefable Leonardo.

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